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Cuando me prestaron a Armando

Por: Francisco Cedeño. Fotografía: Oliver Best

¿Qué pasa en los pueblos? ¿Será realmente así por esos lados? ¿Será que decir que somos de un medio de comunicación hace que la gente sienta confianza? ¿O simplemente nos encontramos con gente buena que nos da su voto de confianza para confiarnos algo tan preciado como la vida de un niño?

Pero es que también uno se pone a pensar en que ¿cómo es posible que pasen estas cosas? No es que sea nada malo, pero es una interrogante. Pudimos haber sido secuestradores, pedófilos, violadores o narcotraficantes. Es que no nos conocían.

Pero en vez de seguirlos alarmando con interrogantes y adjetivos descalificativos y confundirlos con una historia que nunca empieza, mejor relatemos qué fue lo que pasó, que me hizo pensar todas estas cosas.

Un equipo de HECHO se trasladó a Masaya a una sesión de fotos con Milly Majuc para uno de nuestros artículos centrales, a buscar un artista que, basado en las fotos que tomáramos de los Milly, hiciera una pintura para la portada y a tomar fotos de una marimba en construcción en algún taller de Monimbó. Llegamos a Masaya a las 10:30 de la mañana, esperamos durante una hora los diez minutos que nos dijeron que tardarían en llegar de su casa al Parque Central y entre platicas y planear la propuesta visual que tenemos en mente para la portada, decidimos irnos a Monimbó a averiguar sobre lo de la fabricación de marimbas.

Nos detuvimos en la Plazita frente al Colegio Salesiano para preguntarle a alguien sobre algún constructor de marimbas. Nos mandaron donde don Bismark Pérez, cerca de ahí. Llegamos a su casa, construida con láminas de cinc, tocamos y preguntamos por él y sin abrirnos la puerta, desde el otro lado nos respondieron que no estaba, que andaba donde un hermano construyendo una marimba. Oliver (el gringo) y yo nos quedamos viendo con caras de que esa es la foto que andamos buscando y estamos tan cerca. Preguntamos por la dirección del hermano y de repente se escucha la voz de un niño ofreciéndose a llevarnos para allá, pero la mujer que nos hablaba lo regaña diciendo que estaba sucio, que es de mala educación recibir o atender a la gente así. Le explicamos que eramos de una revista y estabamos interesados en fotografiar la construcción de una marimba. Nos abre la puerta, le mostramos y regalamos un ejemplar. El niño siguió insistiendo en llevarnos. La muchacha preguntó si teníamos problemas con montarlo sucio a la camioneta y dijimos que no.

El niño, llamado Armando Herrero (según nos dijo), salió feliz de su casa, como si estuviera recibiendo el mejor regalo del mundo. Se reía, se movía, miraba a través de los vidrios oscuros de la camioneta, miraba a sus alrededores explorando a donde estaba metido mientras nos iba diciendo que calle tomar y por donde doblar hasta llegar a la casa del hermano de don Bismark. En ese momento, Oliver y yo nos percatamos que nos habían prestado al niño, sin conocernos.

Llegamos al lugar, don Bismark no estaba pero su hermano y su sobrino trabajaban en una marimba de arco. Mientras hablábamos con ellos y tomábamos las fotos, Armando jugaba en cada rincón, en cada esquina, mirando, contemplando, analizando y descubriendo todo lo que sus ojos de 10 años puedan ver. Viviendo una aventura más, cumpliendo una nueva misión, sintiéndose grande e independiente porque pudo llevar a unos desconocidos a su destino, dominando las calles de Masaya con tanta valentía que no importó de donde viniéramos, cómo fueramos, qué hicieramos, si hablábamos inglés o español, si eramos más altos que él, si fueramos mayores.

Para responder todas las interrogantes y contradicciones que esta situación me provocó, es importante darse cuenta que la actitud tanto de la muchacha como de Armando, representa la hospitalidad y amabilidad de los nicaragüenses, con su particular exceso de confianza y una voluntad natural de querer ayudar a los visitantes. Es el reflejo de una necesidad de darse a conocer tal y como son como una forma de mantener viva su cultura. Pero muchas veces esta forma de ser del nicaragüense lo vuelve un tanto ingenuo o más bien, lo hace actuar más con la emoción que con la razón y le dificulta medir el peligro o ser más cauteloso con sus reacciones y decisiones y no saber distinguir entre oportunidad y vulnerabilidad.

Cuando me prestaron a Armando, tomé conciencia de que para el nicaragüense, la buena fe es lo primero y es lo que cuenta.

Comments

Cecilia

Me encanta la foto de Armando con la revista, se ve super serio. Muy buena tu nota Cedeño.

CInthia

Me gustó mucho la esencia del artículo, sobre todo cómo muestra esa hospitalidad del nica. Además, el niño está super simpático, esos ojitos me conquistaron ;)

Felicito al equipo de Hecho por hacer este tipo de escritos. Sin embargo, aquí les va un consejito (ustedes valoran si lo van a tomar en cuenta o no): siempre hay que pedirle a otra persona que lea lo que escribimos porque a nosotros se nos van los errores.

En este artículo, a pesar de ser muy bueno, hay varios errores de acentuación y gramática. Recuerden que la gente aprende leyendo a los comunicadores y escritores. Además, siento que el final pudo haber sido muchísimo mejor, me dejaron con un sinsabor. ¡Ánimo! Si ustedes le ponen más empeño mejorarán su calidad. Ya la tienen en diseño y fotografía, solamente les falta eso.

Saludos,

Cinthia Membreño.

luis sandoval

Me encanto la historia y estoy deacuerdo con algunas cosas de lo escrito en realidad si somos muy descuidados los nicas nos confiamos mucho y muchas veces juega en contra nuestra pero saben que esa es la mejor parte la hospitalidad, el hacer sentir a todos parte de nosotros y eso es algo que no muchos paises pueden presumir y el nicaraguense no es algo fingido o pretencioso es una cualidad natural :)

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